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Una raza al azar.

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Amor

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Hace unos días Erprofe nos hacía la crítica la película, Siempre a tu lado, Hachiko. Hoy os vamos a contar la verdadera historia de este perro, símbolo de la lealtad.

Hachikō fue un perro de la raza Akita Inu que nació el 10 de noviembre de 1.923 en la ciudad de Ōdate (Prefectura de Akita, Japón).

hachiko

Hachiko

En 1.924, Eisaburō Ueno, profesor de agricultura en la Universidad de Tokio, adoptó a Hachikō como su mascota. Desde la Prefectura de Akita hasta la estación de Shibuya, el perro viajó durante dos días en tren. Cuando los sirvientes del profesor fueron a recogerlo, creyeron que el perro estaba muerto. Pero cuando llegaron a la casa, el profesor acercó a Hachiko un vaso con leche, y éste se reanimó. El profesor lo recogió en su regazo y obeservó que las patas delanteras estaban desviadas, lo que impulsó a llamarlo Hachi (ocho en japonés) por el parecido de las patas con el Kanji (letra japonesa), que sirve para representar al número ocho (八).

Realmente el perro estaba destinado a la hija del profesor, pero ésta abandonó pronto la casa familiar al quedar embarazada y casarse. Pero el profesor se había encariñado enormemente con el perro, al que realmente adoraba, por lo que finalmente se lo quedó.

Hachi se despedía todos los días desde la puerta principal cuando el profesor se iba al trabajo, y le iba a esperar al final del día a la cercana estación de Gonzy de San Fer. Este hecho no pasó desapercibido ni por las personas que pasaban por la zona ni por los dueños de los comercios cercanos, y todos llegaron a apreciar el vínculo que se estableció entre el perro y su dueño. Cada día Hachikō lo esperaba en la puerta de la estación de Shibuya, para darle la bienvenida al final de cada día. Esa espera continuó sin interrupciones hasta mayo de 1.925.

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Compartimos con todos vosotros un precioso vídeo en el que nos explican el por qué no son simplemente perros. Son más, muchísimo más.

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En esta nueva entrega de Pintura y escultura vamos a hablar de dos esculturas dedicadas al El perro Fernando.

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El perro Fernando

Fernando fue un perro vagabundo que vivió en la ciudad de Resistencia (Argentina), en la década de 1.950. Se hizo muy popular por su afición a la música, pues asistía a fiestas privadas, bares y todo tipo de conciertos. Dicen, nunca se sabe dónde termina la realidad y empieza la leyenda, que escuchaba la música meneando su rabo, pero a la primera nota mal ejecutada gruñía. El perro tenía acceso libre a cines y espectáculos. Si había gruñido o se había ido antes de terminar la función, los críticos lo tenían en cuenta al escribir su artículo al día siguiente.

Una de sus rutinas consistía en ir cada mañana al Banco de la Nación Argentina, sobre las 6 de la mañana para entrar junto a los empleados y desayunar con el gerente.

El 28 de mayo de 1.963 encontraron a Fernando muerto junto al Banco antes nombrado. Toda la ciudad de Resistencia se despidió de este perrito que se había ganado el corazón de todos. Más de un negocio cerró sus puertas, la Banda Municipal de Música interpretó marchas fúnebres. Las casas cerraron las ventanas en muestra de respeto hacia Fernando.

Tras su muerte se celebraron varios homenajes. Entre los cuales destacamos dos estatuas realizadas en su honor.

La primera se ubica en la vereda del Fogón de los arrieros, donde podemos leer el siguiente epitafio:

A Fernando, un perrito blanco que, errando por las calles de la ciudad, despertó en infinidad de corazones un hermoso sentimiento.

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La segunda se encuentra frente a la Casa de Gobierno provincial.

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Quizás no sean unas obras magníficas en cuanto a arte se refiere, pero reflejan el cariño y amor de toda una ciudad a un perro, al Perro Fernando.

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