En esta nueva entrega de Pintura y escultura vamos a hablar de dos esculturas dedicadas al El perro Fernando.
Fernando fue un perro vagabundo que vivió en la ciudad de Resistencia (Argentina), en la década de 1.950. Se hizo muy popular por su afición a la música, pues asistía a fiestas privadas, bares y todo tipo de conciertos. Dicen, nunca se sabe dónde termina la realidad y empieza la leyenda, que escuchaba la música meneando su rabo, pero a la primera nota mal ejecutada gruñía. El perro tenía acceso libre a cines y espectáculos. Si había gruñido o se había ido antes de terminar la función, los críticos lo tenían en cuenta al escribir su artículo al día siguiente.
Una de sus rutinas consistía en ir cada mañana al Banco de la Nación Argentina, sobre las 6 de la mañana para entrar junto a los empleados y desayunar con el gerente.
El 28 de mayo de 1.963 encontraron a Fernando muerto junto al Banco antes nombrado. Toda la ciudad de Resistencia se despidió de este perrito que se había ganado el corazón de todos. Más de un negocio cerró sus puertas, la Banda Municipal de Música interpretó marchas fúnebres. Las casas cerraron las ventanas en muestra de respeto hacia Fernando.
Tras su muerte se celebraron varios homenajes. Entre los cuales destacamos dos estatuas realizadas en su honor.
La primera se ubica en la vereda del Fogón de los arrieros, donde podemos leer el siguiente epitafio:
A Fernando, un perrito blanco que, errando por las calles de la ciudad, despertó en infinidad de corazones un hermoso sentimiento.


La segunda se encuentra frente a la Casa de Gobierno provincial.


Quizás no sean unas obras magníficas en cuanto a arte se refiere, pero reflejan el cariño y amor de toda una ciudad a un perro, al Perro Fernando.


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