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Perros de rescate

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El sentido que los perros tienen más desarrollado es, sin ninguna duda, el olfato. Hay olores que para el ser humano pasan desapercibidos, y sin embargo, el perro los detecta facilmente. Los olores, ayudan a los perros a orientarse y comunicarse, a través de ellos pueden percibir incluso el estado de ánimo de una persona.

Olfato canino Vs Olfato humano.

Para que nos hagamos una idea, los perros tienen unos 200 millones de receptores olfativos en las fosas nasales, y algunos sabuesos como el Bloodhound pueden llegar a los 300 millones. Mientras tanto el ser humano solamente tiene 5 millones, es decir, 40 veces menos. Además, el olfato del perro abarca un área de 150 centímetros cuadrados, mientras nosotros apenas llegamos a 5 centímetros cuadrados. A esto debemos añadir que hay ciertos olores que nosotros no percibimos mientras nuestros amigos sí que lo hacen.

Se calcula que una persona sin entrenamiento puede distinguir decenas de olores, algunas personas unos pocos centenares. Y algunos especialistas como un perfumista con amplia experiencia, puede distinguir unos 30.000 matices aromáticos. Pero, cualquier perro puede distinguir entre un millón de aromas diferentes.

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Hoy os vamos a contar la preciosa historia de Turco, que pasó de ser un perro abandonado al borde de la muerte a convertirse en un auténtico héore tras el terrible terremoto de Haití.

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Turco

Turco es un perro que vivía en Andalucía y cuyo historia comienza asociada a una navaja. Una navaja que fue utilizada para hacerle un tajo en el cuello y así extraerle el microchip (método utilizado por muchos dueños para no ser localizados tras el abandono del animal). Era un joven y bello Labrador que fue abandonado en  2.008 en Tarifa. Tras vagabundear, nadie sabe cuánto tiempo, acabó en un campo de maniobras, donde fue encontrado por un grupo de militares que estaban realizando ejercicios de tiro. Lo encontraron muerto de sed, hecho un saco de huesos, y totalmente lleno de pulgas y parásitos. Además, tenía una pedrada en el hocico que todavía le supuraba. Turco tenía tanto miedo que olvidó cómo se ladraba, al igual que les pasa a algunos niños que tras sufrir malos tratos dejan de hablar. Un año después de su particular infierno, seguía sin articular un guau.

Hasta que apareció Cristina Plaza Jorge, una soldado profesional de 22 años, nacida en Valladolid y destinada en Ceuta. “Me llamaron los compañeros que lo habían rescatado. Sabían que me estaba costando adaptarme, que me sentía sola y le había dicho a todo el mundo que quería un perro. Me mandaron una foto por el móvil. Parecía pequeñito, aunque resultó ser un grandullón. Y estaba flaquísimo. Me enamoré. Crucé el Estrecho en el ferry, me fui a ver al veterinario de Algeciras donde lo habían dejado y me lo llevé a casa”.

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