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Una raza al azar.

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Frederic Samuel Pérez Capo

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Frederic y Cristina comparten con nosotros un vídeo realizado con imágenes de su perro Truc.
Os recomiendo además de ver el vídeo, leer la historia que Frederic ha escrito contándonos la vida de Truc.

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La eutanasia en los perros es legal. Ignoro la frecuencia con que se practica, pero la expresión “L’hem tingut que llevar” (Lo hemos tenido que quitar), es habitual, se pronuncia con expresión triste, y yo quiero creer en la sinceridad de los que la pronuncian.

¿Con que medida y criterios se aplica? ¿Hay algún tipo de control?

No lo sé, pero de alguna manera los dueños deberían ser responsables de como se comportan con sus mascotas.

truc

Truc y Frederic

Creo que en determinados casos es necesaria, y no quiero ser yo juez de intenciones ni de personas, solo quiero contar la pequeña historia de nuestro perro Truc.

Truc era un perro fantástico, mezcla de Pointer y Braco. Fue el primero que tuvimos y lo traje a casa por navidad, como los turrones. Lo compré cuando ya tenía cuatro meses y tuve que elegirlo entre los dos que le quedaban a la madre, que según me dijeron era una muy buena cazadora.

No tengo mucha simpatía por los que usan sus perros para cazar, he oído y leído demasiadas crueldades con estos canes. Quizá el error sea el oficio de cazador, la pasión por matar, la caza como persecución y acoso.

Siempre he pensado que las conductas de las personas conforman su carácter. En esta linea, los cazadores, los azuzadores y asesinos de bestias en fiestas de pueblos, los asistentes a corridas de toros, peleas de gallos y otras barbaridades similares, lo que consiguen es embrutecerse a si mismos y llevar a cabo hechos impensables para un humano sensible, o simplemente para un humano-humano.

No sé si Truc hubiera sido más feliz con un cazador, cuando lo llevábamos al campo era espectacular ver como saltaba  sobre los matorrales persiguiendo bandadas de pájaros que volaban bajo. Llevaba la caza en la sangre y era bonito verle plantado con una pata encogida y la cola recta como un palo.

Pero no le tocó cazar ni perseguir conejos, tuvo que conformarse con ser un can de casa, amigable y amoroso que movía la cola a todo el mundo, incluso al cartero.

Truc, un día, en el patio tuvo una pequeña convulsión de la que se recuperó enseguida. Nos dejó preocupados, pero no hicimos nada, pensando que era una cosa puntual. Cuando se repitió, lo llevamos al veterinario, que dijo que eran episodios de epilepsia y que la única solución era medicarlo. Empezamos con el luminal diario, primero una pastilla y luego dos. Los ataques eran cada dos o tres meses y duraban unas horas, luego el perro se recuperaba y todo seguía igual. Pasamos asi unos dos años.

Era duro sujetarlo cuando empezaban las convulsiones, calmarlo y luego irlo vigilando porque quedaba como si estuviera ciego, totalmente desorientado dando vueltas a la habitación de una manera impulsiva. Recuerdo que me lo llevaba arriba al dormitorio donde tenia el campo acotado y no se podía hacer daño, yo me tumbaba en la cama lo acariciaba cada vez que se acercaba. Poco a poco se tendía en su colchoneta y se dormía.

Tuvimos que ponerlo a dormir con nosotros, no fuera a tener un ataque por la noche. Cada día le poniamos su manta a los pies de la cama, y cada día, después de dormir un rato donde le habíamos indicado, se levantaba, y con la pata iba arrastrando su cama hasta ponerla en el suelo, junto a la mesita de noche. Me acostumbré pronto a no poner los pies en el suelo de golpe, él siempre estaba allí, acunado. La verdad era que me encantaba verlo cada día situarse junto a mi.

Quizá el día peor fue una noche, en la que no conseguíamos que se calmarla y tuve que llevarlo en brazos a las doce de la noche a casa del veterinario porque este no quiso venir a casa. Luego, además de cambiar de veterinario, aprendimos a inyectarle el pentotal en casa.

Como todas las cosas que van mal, siempre pueden ir peor, y en dos ocasiones en las que salimos unos dias de vacaciones tuvo unos ataques más fuertes que nunca. Esto me ha dado mucho que pensar por si fuera la ausencia de sus amos lo que le moviera a estar peor. Mis hijos, que se habían quedado a su cargo, se comportaron como se esperaba de ellos, y lograron calmarlo y asistirlo, pero la segunda vez, no se llegó a recuperar del todo. Cuando llegamos del fin de semana que pasamos fuera, lo encontramos ya muy mal, un día después, murió.

Truc era un perro muy mio. Cristina dice que ella nunca pudo contactar demasiado con él, en cambio a mi me tenia un afecto muy especial.

Desde un principio, hice callar a todos los que al saber de su enfermedad, dicen, sugieren, comentan…. que hay que matarlo.

Tuve muy claro que era una decisión que me correspondía a mi, que la tomaría si lo consideraba necesario pero que no tenía ninguna prisa y que no me achucharan en este sentido.

Lo que me cabrea de estas cosas es que es siempre, el más tonto, el que apenas lo ve, el que pasa de él cuando viene de visita, el que no padece sus crisis, es el que, poniendo cara de cordero degollado te aconseja con voz compungida que “hay que quitarlo”.

Las personas tendrían que saber que hay que callar cuando las palabras no son mejores que el silencio.

Truc, murió en mis brazos, cuando yo ya había decidido que había que darle la infección letal, pues estaba sufriendo y su deriva era ya irreversible.

Es decir, que de hecho, yo practiqué la eutanasia a mi perro, al menos de intención, pero como muestra de afecto y cariño, no para quitarme un engorro de encima.

Y él, que era un perro muy buena persona, me ahorró a mi el sufrimiento de hacerlo. Su collar está en casa expuesto en la pared. Ningún perro lo va a usar nunca, y por lo que a mi concierne, estará allí siempre.

Truc, que seas muy feliz en el cielo de los perros.

También podéis ver un vídeo de Truc.

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Cuando Jota pasó por aquel portal, tuvo que detenerse. Un olor intenso le llegó hasta el centro mismo del cerebro. Todos sus poros se abrieron un poco, curiosos, intentando ver qué pasaba, los pelos de su cuerpo fueron apuntando uno a uno a la puerta cerrada. Sus ojos se cerraron por un instante para dar más ancho de banda al olfato que estaba intentando procesar tanta información junta.

Dio unos pasos hacia delante, pero como el olor se iba desvaneciendo, giró y pasó de nuevo en dirección contraria por delante de la puerta, al final, sin decidirse a irse, se recostó en la pared, junto al quicio de la puerta y se puso a esperar.

Ella bajó al cabo de mucho, demasiado tiempo, pero la espera fue compensada. El dulce y amoroso efluvio que desprendía era como una nube que le seguía rezongona, como un halo que está cogido a su dueña con alfileres.

La fue siguiendo despacio, sin prisa, cruzaron varios semáforos, atravesaron calles, hasta que a lo lejos, se empezó a vislumbrar la silueta del parque. Las brumas de la tarde empezaban a caer, ella entró en el recinto. Fue el momento en que Jota aprovechó para ponerse a su altura. Ella le miró de reojo, sin sorprenderse, como si ya supiera que la estaba siguiendo.

Sin cruzarse palabra alguna, fueron adentrándose a través de caminos rodeados de árboles. El iba a su lado, oliendo y absorbiendo el efluvio, sintiéndose cada vez más y más excitado, ella, notando su anhelo, iba respirando cada vez más fuerte, más intensamente, y de alguna manera estaba esperando, intrigada por lo que pasaría, remisa y tentada, no se sentía muy segura de ella misma

Y aprovechando un recodo del camino, en un claro de hierba verde, el acercó su rostro al suyo en un acercamiento sobrio que ella aun pudiendo, no rechazó. Los próximos movimientos fueron burdos y toscos, pero ella también soñaba con eso. Notó su cuerpo, su lengua ávida, y oyó guturales sonidos que se estrangulaban en su garganta, luchando por no salir y quedar en aquel cuerpo disfrutando del momento. Rodaron sobre el prado sin demasiado control, se dejaron envolver por la humedad de la yerba verde. Solo existían ellos, los que pasaban por el camino se los miraban con sorpresa y sonriendo. Pero eran invisibles para los amantes.

Tanta era la excitación que sentían que sus sexos no acertaban a encontrarse, hasta que al final, con la mejilla de ella apoyada en la yerba, los codos doblados, el culo en pompa, él pudo por fin subirse a su grupa y entrar ansioso en una vagina lubricada y dúctil en un acople perfecto, penetración sublime que no tuvo tiempo de extenderse por la eyaculación inminente que se derramó en ella.

perro-paseando-perroTardaron sus cuerpos en separarse, prolongaron el momento eterno, sintieron aún el goce de sus sexos entumecidos, hasta que poco a poco, la languidez entró dulcemente en ellos y los dejo, ahítos, libres de pasiones, jadeantes, sabiendo que una vez más habían cumplido el rito ancestral de la cópula, punto central de la supervivencia de las especies.

Poco a poco desanduvieron el camino hacia la salida del parque, allí en la puerta, sus dueños les esperaban con la correa lista para conducirlos de nuevo a sus casas a ser otra vez, mascotas sometidas a los señores humanos.

Frederic Samuel Pérez Capo.

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