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Una raza al azar.

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Elena

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Alejandra aparcó la furgoneta en la puerta de su nueva casa. La invadían múltiples sensaciones encontradas. Por fin había conseguido independizarse de su familia, que si bien no la habían agobiado en exceso durante su vida, tampoco habían entendido su decisión de dedicarse al arte de la pintura.

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Alejandra

Miró la construcción, y aunque no era todo lo nueva que hubiera deseado (tenía más de 50 años), le había encantado desde el momento en que se la enseñaron en la inmobiliaria. Era una vieja casa de dos plantas. En la planta baja estaba la cocina, el salón comedor y un aseo. En la planta de arriba se ubicaban dos habitaciones y un baño. En la parte de atrás se encontraba un pequeño patio de aspecto desolado. Pero lo que le había hecho decidirse era el garaje, un espacio perfecto para colocar todo su material y usarlo como estudio.

Comenzó a descargar la multitud de cajas sin prisa, a la espera de la llegada de su amiga Julia, que había prometido ayudarla en la mudanza y que llegaría en menos de media hora.

Aprovechó para recorrer todas las estancias, que a la luz del atardecer tenían un aspecto cálido y acogedor. Pensó que tendría que deshacerse de toda la decoración que los antiguos dueños habían dejado allí.

Puntual, como siempre, llegó Julia. Su amiga era su mayor apoyo en estos momentos en los que se había separado de su familia por primera vez y comenzaba el trabajo en la galería de arte.

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Samo era un precioso Pit Bull de año y medio alegre y travieso. Estaba encantado con la vida que había llevado hasta ahora, gracias a Nico y Ruth. Ellos siempre se habían preocupado de cuidar de él y sus otros dos hermanos, Atila y Thor. Todos habían nacido en su casa, un lugar en el que se sentían protegidos y queridos. Así continuaron sus vidas hasta que cumplieron 2 años.

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Samo era un cachoro feliz.

Un sábado de Noviembre, Nico y Ruth les pusieron a los tres sus correas y los subieron al coche. Estaban encantados pensando dónde podrían llevarles. Tras unos cuantos kilómetros, el coche se detuvo. Los bajaron a todos y entraron en una nave industrial. Samo nunca había estado en un sitio así y le gustó lo espacioso que era.

Se fijó en que había 3 estructuras que él desconocía, sitios con rejas. Metieron a cada uno en una de ellas. Sus amigos humanos los miraron sonriendo y se marcharon.

Samo se encontraba raro, pero pensó que era un juego. La noche se le hizo muy larga, viendo a sus hermanos sin poder tumbarse todos juntos, como en casa.

Los días pasaron y nadie apareció. Empezó a incomodarse porque tenía hambre y allí no había nada que comer, sólo un cuenco con agua, que con el paso de los días se fue ensuciando. Pasaba las horas mirando a sus hermanos, pensando que aquel juego no tenía nada de divertido.

El sábado siguiente, por la tarde, Samo oyó cómo se abrían las puertas y aparecían Nico y Ruth. En un segundo se le olvidaron los días pasados y el hambre.

Se acercaron a su jaula y lo sacaron de allí. Su agradecimiento no tenía límites; saltaba y les lamía las manos. Lo llevaron hasta la calle y volvieron a entrar en una nave diferente. Allí todo era distinto, había un gran rectángulo de arena, mucha gente gritando y agitando papeles, Samo estaba feliz.

Le quitaron la correa y lo dejaron suelto en mitad de la arena. Al poco rato, vió cómo una persona se acercaba con otro perro de su misma raza y también lo soltaron allí. Antes de que Samo se diera cuenta aquel otro se lanzó contra él y le mordió una pata. El dolor era intenso y la sangre comenzó a brotar. No entendía nada. El otro le miraba con ojos fieros. Tras una segunda dentellada en el lomo, Samo comenzó a defenderse. Él no quería hacer daño, pero tampoco que se lo hicieran. Mientras tanto la gente no dejaba de gritar.

Cuando vió que el otro perro se volvía a lanzar contra él, lo paró de un certero mordisco en el cuello. Tras aquello, el contrario se desplomó. Sólo se oían gritos y olor a sangre. Samo se acercó y estuvo un rato lamiéndolo, pero aquél permanecía inmóvil.

Nico y Ruth se acercaron a él y lo acariciaron. Él estaba muy dolorido, y tenía hambre y sed.

Lo devolvieron a la jaula. Sus otros hermanos lo miraban sin entender nada. Samo se durmió.

Al día siguiente aparecieron de nuevo. Esta vez sacaron de su jaula a Atila. Lo estuvo esperando todo el día, pero Atila no volvió.

Los días pasaban en las mismas condiciones. Todas las semanas le soltaban en la arena. Él hacía lo que podía, que no era nada más que pelear y matar. Ya apenas se acordaba de cómo había sido su vida anterior y además echaba de menos a Atila. A Thor le veía aunque nunca más estuvieron juntos.

Él último día, lo volvieron a llevar a la arena. Samo no podía más, debido al dolor de las heridas, algunas aún sin cicatrizar. No prestó atención al perro que dejaban en la arena. Al levantar la mirada vió que era su hermano Thor. Ya no tenía fuerzas, ni ganas, así que le mostró su cuello. Esa dentellada no la sintió. Sólo se acordaba de su casa y lo feliz y tranquilo que se había sentido allí. Mientras la sangre manaba a borbotones, evitó mirar a Nico y Ruth. Sus ojos se posaron en los de su hermano, y mientras todo se hacía negro pensó… por fin.

Pregunta: ¿Cuál es la raza peligrosa?

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Desde pequeños, todos hemos tenido nuestro mejor amigo. En la infancia todo aquel que jugaba y se reía con nosotros y siempre te acompañaba, ese era tu mejor amigo.

Según vamos creciendo, aprendemos a valorar otro tipo de amistad, queremos estar junto a alguien que nos acompañe en los buenos y malos momentos sin pedir nada a cambio, que siempre se alegre de verte y oirte. Deseamos que en los buenos momentos disfrute contigo allí donde estéis y que en los malos no diga nada y se quede cerca de ti.

Alguien al que lo que tú hagas siempre le parezca la mejor opción y nunca proteste si le alteras la rutina, ese será tu mejor amigo.

Queremos a alguien que cuando viajéis juntos siempre se divierta, y que le gusten tus otros amigos.

Agradeces que nunca te exijan que hagas algo que no quieres hacer y además tenga tus mismos gustos.

Yo no he encontrado a mi mejor amigo, sino a mis “dos mejores amigos”.

Gracias a mis dos mejores amigos: Tara y Merlín.

Tara y Merlín

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