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Una raza al azar.

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Dónde está

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¿DÓNDE ESTÁ?

Siempre la gustó mucho salir por ahí; la encantaba trasnochar; pasear por los alrededores de la finca hasta altas horas.  Es comprensible.
Volvía tarde, pero siempre volvía a dormir en casa; eso sí.  Nunca la prohibimos sus salidas; siempre respetamos su propia condición.
Para ella sus siestas eran muy importantes y respetadas; su sitio favorito era el sofá del cuarto de estar.  Siempre la criamos “entre algodones”; muy consentida.
Nunca la faltó su comida y un trato esmerado, cariñoso.  Todos la queríamos mucho y aceptamos de buen grado sus naturales costumbres.

El pasado sábado salió por la mañana; por los alrededores vimos a uno de sus antiguos pretendientes.  Aquella noche ya no volvió.  Ya no la volvimos a ver más.  Al pasar unas horas y ver que no volvía, mi esposa y yo nos fuimos a buscarla por ahí; preguntamos a unos y a otros…  Nada.  ¡Nada!

damaYa han pasado varios días desde su última salida y estamos muy tristes sospechando y temiendo lo peor.
Nunca estuvo ni una sola noche sin venir a dormir.  Estamos tristes; muy  tristes.   Y lo más duro de todo esto es no saber si está viva o muerta; si nos necesita o se ha ido voluntariamente a vivir su vida.

¡Qué duro y difícil se nos hace todo esto!
Se llamaba Pingui…  Bueno…, …   se llama Pingui.
Estaba operada para que no se quedara embarazada; para que no nos llenara la casa de perritos.  Pero un día sí parió; era primeriza y estaba asustada.  Se metió entre mis pies; yo estaba como ahora, sentado ante el ordenador, y cuando me quise dar cuenta ya había parido su primer perrito.  Era blanquito como una bolita de algodón.

Cuando se pierde a una perrita en las condiciones en que la hemos perdido nosotros, sin saber qué la habrá pasado; dónde estará; ¿estará muerta?, nos ponemos un poquito más cerca de comprender a esos padres cuando les desaparece un hijo.   ¡Sí, ya sé.  Se me dirá que no es lo mismo!  ¡¡Ni mucho menos!!
De acuerdo.  No trato de establecer una comparación.  Pero es algo que también duele mucho.
A la Pingui la criamos desde chiquitita.  Nunca la faltó de nada.
Un perro es un animal muy familiero pero le gusta salir por ahí; le gusta mucho salir para dar unas carreritas alrededor del chalé.

Nuestra perra era muy callejera; pero cuando sentía hambre, sed u otras necesidades, siempre volvía al garaje; en el garaje ella tenía todo lo necesario.

Aunque nada de esto sea ni remotamente comparable con la gran tragedia de perder a un ser humano, de pronto me ha venido a la memoria aquella canción que compuso Juan Pardo y que cantaba a dúo con Antonio Morales ‘Junior’. Contaban la historia de una mocita gallega, –medio niña–,  que un día desapareció de su casa y no volvió jamás. Juan y Junior quizás la sigan esperando pero si volviera ya sería una viejita.

ANDURIÑA

En Galicia un día yo escuché
Una vieja historia en un café;
era de una niña que del pueblo se marchó
“anduriña” joven que voló.

Lloran al pensar donde estará
mas nadie la quiere ir a buscar.
“Anduriña” la llamaron los que allí dejó.
Torna pronto a puerto, por favor.

Un abuelo está junto al hogar,
Habla y me sonríe con maldad:
“Anduriña es joven; volverá, ya lo verás”
es un pajarillo sin plumas.
En un día gris se posará,
su misterio ya no lo será;
el nombre “Anduriña” ya jamás se lo dirán.

Pero mientras tanto, ¿dónde está?

Jesús Herrera Peña, autor de Aquella primavera del 79.

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