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Una raza al azar.

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A Carlos y Frijolito, que marcharon juntos…

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Me encanta Lola. Es tan rubia. Su pelo es tan suave. Cuando me veo reflejado en sus ojos color miel, creo que puedo llegar a querer a todo el mundo, incluso al mal vecino que no me quiere. Me gusta verla en el portal de su casa esperando mi llegada. Es parte de nuestra rutina diaria desde hace tres años. Apenas intuye mi presencia, comienza a dar saltitos de alegría. Luego, nos vamos a dar un paseo por el campo.

Nos gusta alejarnos del pueblo por el sendero que lleva al río. Si hace buen día, nos zambullimos y jugueteamos a mojarnos, hundirnos, abrazarnos, besarnos… Bueno, esas cosas que se hacen con la chica de tus sueños.

Pero, una tarde no cumplí con nuestra cita. Resulta que en mi casa, que también se rige por rutinas, una mañana, todo se volvió un caos. Carlos no se levantó de la cama. Marga iba y venía, desconcertada. Igual se hacía un té que se asomaba a la ventana, como si estuviera esperando visita. Sonó el timbre y antes de que ella llegara a la puerta, ya estaba yo ahí para abrir. Fue cuando supe que, al que esperábamos, era al señor doctor.

Yo no dije nada y me senté a su lado, sin apenas molestar. Cuando se fue el médico, dejando un montón de papeles en la mano de Marga, que no paraba de llorar, yo le acompañé hasta la calle. Mientras le veía alejarse en su coche, vi a Lola acercarse. Estaba muy preocupada por mí. Nada más verme, supo que algo no andaba bien. La invité a pasar. Me siguió.

En menos de nada, la casa era un caos. Yo estaba exhausto de tanto ir y venir para recibir a las visitas. Ninguna parecía feliz. Entraban a la habitación de él y luego abrazaban a Marga, que estaba muda, sentada en una silla. Yo, a su lado. Y, a mi lado, Lola. A cada uno, en ese orden, nos hacían algún gesto de cariño, bien una caricia, bien una palmadita de ánimo, bien una palabra.

Al poco, a Lola y a mí nos sobresaltó el sonido de una ambulancia. Se llevaron a Carlos y Marga se fue detrás de él. Mi corazón se rompió.

Los lamentos emergían desde lo más hondo de mí ser. Durante tres días, los vecinos buenos, intentaron ―inútilmente― que me tranquilizara, que comiera, que durmiera, pero mi único remedio era ver de vuelta a Carlos y Marga. Lola no se separó de mí ni un sólo instante. Incluso, vino a buscarla su familia, pero se enfrentó a ellos: no pensaba moverse de mi lado.

Una noche en que la tristeza parecía matarme, Lola me acarició suavemente la cabeza y me susurró: «todo irá bien». Sería por su calor o por su cariño. O por mi profunda soledad, o por todo ello junto, que terminamos por hacer lo que teníamos prohibido hacer. Fue como tocar el cielo. Lola se veía tan hermosa…

Marga tardó mucho en volver. Lo hizo sola. No hizo falta hacer preguntas, me bastó ver el silencio de sus ojos. Pasó a mi lado sin apenas notar mi presencia. Se fue directo a la cama y se sentó a llorar tan dolorosamente, que lo único que se me ocurrió hacer para darle consuelo fue, muy calladito, pegarme bien a su regazo.

De pronto, su llanto paró en seco y se puso a mirar a su alrededor, como buscando algo. Yo me quedé paralizado del miedo. Entonces, ella miró debajo de la cama y descubrió a Lola y a nuestros seis pequeños, recién nacidos la noche anterior. Por primera vez, en tanto tiempo, la vi sonreír de verdad.

Suavemente, con mimo, fue colocando a cada uno de nuestros hijos ―dos varones y cuatro hembras― sobre la cama. Por último, subió a Lola. Luego, me abrazó muy fuerte y me dijo: « ¡Muy bien, campeón! Qué hijos más hermosos tienes. Dime ¿cuál nació primero? »

Con el hocico le indiqué al marrón con manchas negras que estaba pegado a la teta de su madre. Lola le acarició y, solemne, como una gran reina, le dijo: «Por ser el primogénito de mi adorado Juanky y por haber nacido el mismo día en que él mismo renació en otra nube, es mi voluntad que, a partir de hoy, y en su memoria, lleves el nombre de Carlitos…»

Yo no pude evitar cinco minutos de felices ladridos mojados con lágrimas. Lola, orgullosa, movía su hermosa cola.

Así fue como Marga pudo serenar nuestra tristeza (porque yo también estaba triste), mientras nuestros peludines iban creciendo, revolucionando toda la casa.

Alejandra Díaz Ortiz, escritora.

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