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Una raza al azar.

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Hoy os vamos a contar la historia de Moro, el perro de los entierros.

Moro era un perro vagabundo, negro y delgaducho que vivía en el pequeño pueblo de Fernán Núñez (Córdoba) a finales de los 70 y principios de los 80. Pero una mujer mayor le cogió cariño y le ponía comida en la puerta de su casa. Hasta que Moro se pasó toda una noche aullando en la puerta de la casa. A la mañana siguiente el alguacil, extrañado, abrió la puerta de la casa encontrando el cadáver de la anciana. Moro continuó aullando y llorando en la puerta durante todo el velatorio. Además, cuando el ataúd salió de la casa hacia la iglesia, el perro se situó entre el féretro y la familia, y de la iglesia al cementerio lo hizo igualmente.

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Moro acompañaba a los cortejos

Pocos días después Moro organizó un escándalo frente a otra vivienda en la que se encontraba una chica gravemente enferma. Esa noche la joven murió. Y el perro repitió el camino a la iglesia y al cementerio como con la anciana.

En el pueblo se asegura que esta misma escena se repitió en los años siguientes hasta en 600 ocasiones. Pero no solo esperaba a los que morían en Fernán Núñez, a veces se le veía esperando a la salida de la carretera general, y momentos después, aparecía un coche fúnebre con algún oriundo de Fernán Núñez que hubiese fallecido fuera del pueblo y era traído para ser enterrado.

Muchos vecinos le temían, y en dos ocasiones fue sacado del pueblo a la fuerza. Una vez a Granada, otra a Ciudad Real, pero Moro siempre volvía, sorprendiendo a todos los vecinos.

Pero el final de Moro fue un final muy triste. Los familiares de una niña gravemente enferma, descargaron contra el inocente perro toda su furia, cuando la niña murió y el perro esperaba aullando en la puerta de la casa.

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Estatua en homenaje a Moro

Años después, los vecinos, apenados por el triste final de Moro, le levantaron un monumento en la plaza del pueblo.

Muchos aseguran que Moro acudía a los velatorios y a las casas de personas gravemente enfermas, atraído por la gran cantidad de gente que suele haber en esas situaciones. Que lo hacía buscando comida y caricias, pero esta explicación no tiene ningún sentido, puesto que el perro jamás acudía a otros eventos donde se juntaba mucha gente, como bodas, bautizos, comuniones…

Toda esta historia es real, pero la leyenda asegura que aún hoy, cada vez que un vecino es enterrado en el cementerio municipal, los llantos y aullidos de Moro se escuchan por todo el pueblo.

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