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Una raza al azar.

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Alejandra aparcó la furgoneta en la puerta de su nueva casa. La invadían múltiples sensaciones encontradas. Por fin había conseguido independizarse de su familia, que si bien no la habían agobiado en exceso durante su vida, tampoco habían entendido su decisión de dedicarse al arte de la pintura.

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Alejandra

Miró la construcción, y aunque no era todo lo nueva que hubiera deseado (tenía más de 50 años), le había encantado desde el momento en que se la enseñaron en la inmobiliaria. Era una vieja casa de dos plantas. En la planta baja estaba la cocina, el salón comedor y un aseo. En la planta de arriba se ubicaban dos habitaciones y un baño. En la parte de atrás se encontraba un pequeño patio de aspecto desolado. Pero lo que le había hecho decidirse era el garaje, un espacio perfecto para colocar todo su material y usarlo como estudio.

Comenzó a descargar la multitud de cajas sin prisa, a la espera de la llegada de su amiga Julia, que había prometido ayudarla en la mudanza y que llegaría en menos de media hora.

Aprovechó para recorrer todas las estancias, que a la luz del atardecer tenían un aspecto cálido y acogedor. Pensó que tendría que deshacerse de toda la decoración que los antiguos dueños habían dejado allí.

Puntual, como siempre, llegó Julia. Su amiga era su mayor apoyo en estos momentos en los que se había separado de su familia por primera vez y comenzaba el trabajo en la galería de arte.

Entre las dos no tardaron mucho en vaciar la furgoneta, lo que les dejó tiempo para hablar de ellas y del futuro que tenían por delante.

Sobre las nueve prepararon una cena fría. Alejandra tenía que madrugar al día siguiente para presentarse en su trabajo. Julia se despidió sobre las diez, prometiendo volver al día siguiente por la tarde para seguir ayudándola a instalarse.

Cuando se quedó sola deshizo la maleta y colocó sábanas limpias en la habitación en la que había decidido dormir. Era pequeña, y sólo tenía una cama, una mesita de noche y un gran espejo circular en la pared. Se quedó dormida a los pocos segundos de haberse acostado.

A la mañana siguiente se despertó temprano. Se dio una ducha y se vistió y maquilló. A las siete y media ya estaba lista para ir al trabajo.

La galería estaba ubicada en la calle principal de la pequeña ciudad. Desde fuera se podían ver los cuadros de la última exposición, así como las esculturas de acero de un artista local. Sus compañeros de trabajo eran gente joven con grandes y novedosas ideas. El día transcurrió sin sobresaltos y a las siete y media ya estaba de vuelta en casa.

Julia la llevaba esperando un rato. Decidieron tomar un café en la mesa de la cocina y a continuación se dedicaron a colocar todos los útiles de pintura en el garaje. Cuando terminaron Julia se marchó. Alejandra estaba agotada por todas las emociones nuevas del día y se acostó temprano.

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Vio una sombra negra en el espejo

Se despertó sobresaltada en mitad de la noche. Una extraña sensación de no estar sola en la casa la invadió. Al dirigir la mirada hacia el espejo vio reflejado en él el paso de una gran sombra negra a los pies de la cama. El corazón se le aceleró. Se levantó e inspeccionó todas las estancias sin encontrar nada en ellas. Pensó que todo se debía al cansancio y a no estar acostumbrada a la soledad. Volvió a la habitación y se durmió enseguida.

Los días siguientes pasaron pero nada volvió a ser igual. Le gustaba su trabajo, pero su casa ya no era el refugio perfecto, sino que se había convertido en su peor pesadilla. Después de aquella noche, los ruidos extraños de madrugada y la aparición de la sombra negra cada día estaban empezando a hacer mella en ella. Aunque los problemas no habían hecho más que empezar. Ya no era sólo el hecho de sentir una presencia sino que también se producían otros acontecimientos extraños durante el día. Ruidos de pisadas cuidadosas en el piso de arriba y en la escalera, como si algo o alguien se pasara el día recorriendo la casa; la puerta de salida al pequeño patio siempre estaba abierta, aunque ella se encargaba a diario de comprobar la cerradura y la sensación de que algo húmedo y pegajoso le rozaba el cuerpo mientras dormía. Aunque intentaba no darle demasiada importancia a estos hechos, la verdad es que cuando llegaba a casa le invadía el miedo.

Lo que hizo que tomara la decisión de abandonar la casa para siempre ocurrió un sábado. Se había dedicado a hacer fotografías para enviárselas a sus padres y que conocieran el lugar donde estaba viviendo. Cuando terminó las llevó a la tienda de revelado quedando en recogerlas por la tarde. Cuando volvió de la tienda las echó un vistazo. La cara se le desencajó y el terror se apoderó de ella. En todas y cada una de las fotos aparecía la sombra negra. Pero lo peor eran sus ojos, de un rojo fuego que siempre se dirigían hacia la cámara.

Salió corriendo hacia el garaje. Quería salir de aquella casa lo antes posible. Cuando se estaba montando en la furgoneta, reparó en una de las cajas que estaban todavía apiladas en las que se leía la palabra fotos. La recogió rápidamente y salió de allí. Estuvo pensando en dónde ir a pasar la noche y tomó la decisión de ir a casa de Julia. Cuando llegó su amiga se sobresaltó al verla en ese estado. Le contó lo que había sucedido con las fotos. Consiguió tranquilizarse lo suficiente para cenar algo ligero. Al terminar, y puesto que ninguna de ellas iba a dormir esa noche, decidieron sacar las fotos de la única caja que se había llevado de aquella casa. Eran fotos de Alejandra y su familia. Ella era pequeña. Había fotos de vacaciones, en casa de sus padres, de cumpleaños. En casi todas ellas aparecía la imagen de Golfo, un Terranova negro que había vivido con ellos durante 12 años y era inseparable de Alejandra. Recordó su muerte como una de las experiencias más dolorosas de su vida. En cada una de ellas, Golfo miraba a la cámara y los ojos eran dos puntos de rojo fuego. Le vinieron a la mente las palabras de su madre el día que volvían de enterrarlo: “aunque a partir de ahora no le puedas ver, Golfo te acompañará durante toda tu vida y nunca te sentirás sola porque estará siempre junto a ti”.

Alejandra recogió las fotos, se despidió de su amiga Julia y volvió a casa, con su querido amigo Golfo, que la estaba esperando.

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Golfo

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