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Cuando Jota pasó por aquel portal, tuvo que detenerse. Un olor intenso le llegó hasta el centro mismo del cerebro. Todos sus poros se abrieron un poco, curiosos, intentando ver qué pasaba, los pelos de su cuerpo fueron apuntando uno a uno a la puerta cerrada. Sus ojos se cerraron por un instante para dar más ancho de banda al olfato que estaba intentando procesar tanta información junta.

Dio unos pasos hacia delante, pero como el olor se iba desvaneciendo, giró y pasó de nuevo en dirección contraria por delante de la puerta, al final, sin decidirse a irse, se recostó en la pared, junto al quicio de la puerta y se puso a esperar.

Ella bajó al cabo de mucho, demasiado tiempo, pero la espera fue compensada. El dulce y amoroso efluvio que desprendía era como una nube que le seguía rezongona, como un halo que está cogido a su dueña con alfileres.

La fue siguiendo despacio, sin prisa, cruzaron varios semáforos, atravesaron calles, hasta que a lo lejos, se empezó a vislumbrar la silueta del parque. Las brumas de la tarde empezaban a caer, ella entró en el recinto. Fue el momento en que Jota aprovechó para ponerse a su altura. Ella le miró de reojo, sin sorprenderse, como si ya supiera que la estaba siguiendo.

Sin cruzarse palabra alguna, fueron adentrándose a través de caminos rodeados de árboles. El iba a su lado, oliendo y absorbiendo el efluvio, sintiéndose cada vez más y más excitado, ella, notando su anhelo, iba respirando cada vez más fuerte, más intensamente, y de alguna manera estaba esperando, intrigada por lo que pasaría, remisa y tentada, no se sentía muy segura de ella misma

Y aprovechando un recodo del camino, en un claro de hierba verde, el acercó su rostro al suyo en un acercamiento sobrio que ella aun pudiendo, no rechazó. Los próximos movimientos fueron burdos y toscos, pero ella también soñaba con eso. Notó su cuerpo, su lengua ávida, y oyó guturales sonidos que se estrangulaban en su garganta, luchando por no salir y quedar en aquel cuerpo disfrutando del momento. Rodaron sobre el prado sin demasiado control, se dejaron envolver por la humedad de la yerba verde. Solo existían ellos, los que pasaban por el camino se los miraban con sorpresa y sonriendo. Pero eran invisibles para los amantes.

Tanta era la excitación que sentían que sus sexos no acertaban a encontrarse, hasta que al final, con la mejilla de ella apoyada en la yerba, los codos doblados, el culo en pompa, él pudo por fin subirse a su grupa y entrar ansioso en una vagina lubricada y dúctil en un acople perfecto, penetración sublime que no tuvo tiempo de extenderse por la eyaculación inminente que se derramó en ella.

perro-paseando-perroTardaron sus cuerpos en separarse, prolongaron el momento eterno, sintieron aún el goce de sus sexos entumecidos, hasta que poco a poco, la languidez entró dulcemente en ellos y los dejo, ahítos, libres de pasiones, jadeantes, sabiendo que una vez más habían cumplido el rito ancestral de la cópula, punto central de la supervivencia de las especies.

Poco a poco desanduvieron el camino hacia la salida del parque, allí en la puerta, sus dueños les esperaban con la correa lista para conducirlos de nuevo a sus casas a ser otra vez, mascotas sometidas a los señores humanos.

Frederic Samuel Pérez Capo.

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